En agosto del año pasado, en Alburquerque (sur de Estados Unidos), el entonces campeón mundial IBF del peso pluma, el mexicano Luis Alberto “Venado” López perdía su título ante el local Ángelo Leo, cuya inmisericorde mano provocó que el mexicano no pudiera superar la cuenta de diez arbitral. López perdía bastante más que su cinturón mundial esa noche, pues los impactos del nuevo campeón Leo provocaron al Venado un sangrado cerebral, que no auguraba un buen pronóstico de cara la futura carrera deportiva del joven púgil. Los médicos eran optimistas desde la prognosis inicial sobre la vida del azteca, pero un deporte tan duro como el boxeo, el único al que no se puede jugar según el dicho popular, no es precisamente el mejor oficio para alguien ya marcado por tan duro antecedente médico.

Sin embargo, el Venado López (31-3, 18 KO) pudo superar todas las predicciones incluso más bienintencionadas sobre su recuperación y este sábado pudo volver a subirse al cuadrilátero. A sus 31 años y, tras haberse realizado todos los exámenes médicos posibles de garantías (en palabras de su equipo), el peleador ascendía, emocionado, las escalerillas de las que ha hecho su vida con todos los suyos arropándole.

Fue en Mexicali, su país natal. Lo deportivo, casi lo de menos en esta historia de superación con final feliz, también salió bien; López superó a Eduardo Montoya (21-8-1, 14 KO) en tan solo un asalto. Se mostró fino, rápido y preciso, con toda la fuerza que hicieron de él uno de los púgiles más respetados del boxeo en la categoría pluma. Dos derribos, el segundo con un definitivo gancho al hígado, acabaron con su rival, de tan viral apellido en estos últimos tiempos. Esta vez, Montoya no pudo correr: el Venado lo ajustició deportivamente para, siempre con la cautela que exige el episodio tan delicado que atravesó, volver a reclamar su sitio entre los grandes del boxeo actual.